lunes, 4 de noviembre de 2019

Prohibido jubilarse




El deterioro cognitivo se acelera con las jubilaciones anticipadas

Unas de las principales causas de jubilar a profesionales antes de tiempo es que se encuentran en perfecta forma física y psíquica y, de repente, no tienen nada que hacer.



He de confesar que me encantan las manifestaciones camufladas de sentencias acerca de temas sobre los que dogmatizan individuos de diferentes raleas, con mayor o menor conocimiento y criterio sobre ellas, especialmente cuando estas proceden de científicos o tienen sesgos estadísticos.

En principio, y atendiendo a la libertad de expresión, cualquier persona puede verter opiniones que luego recogerán algunos medios, dándoles pábulo sin comprobar el más mínimo rigor de las mismas.

Sin ir más lejos, hoy me ha llamado la atención un titular que acredita que aquellas personas, animales o cosas, que accedieren a la jubilación anticipada, cargarían sobre sus hombros, o mejor dicho sobre sus cerebros,  con un importante deterioro cognitivo en su orgánico y diario funcionamiento neuronal.





Pues bien, ante semejante aserto, me veo obligado a corroborar la validez del estudio científico en cuestión.

Yo, jubilado anticipado por la gracia de dios y por la legislación vigente al respecto, he notado en mí un significado deterioro cognitivo respecto a mi situación anterior de trabajador en activo.

En primer lugar, echo mucho de menos el sonido del despertador a las siete de la mañana que activaba mis neuronas y las ponía a funcionar; ahora, después de haber destrozado a martillazos el despertador, me despierto cuando me lo pide el cuerpo y eso me produce una desazón y una ansiedad que me obligan a acudir semanalmente al psiquiatra.





Tampoco es desdeñable la falta de generación de adrenalina, y por ende de estimulación neuronal, en el trayecto al trabajo en hora punta, con los correspondientes atascos y consecuentes retrasos para llegar a mi destino.

Bien es cierto que, en defensa de los señores investigadores, tengo que señalar que la ausencia diaria de problemas con mis jefes, clientes y empleados, me ha generado una zona árida en el cerebro muy difícil de recuperar, salvo intervención quirúrgica ad hoc.

Por otra parte, mi dedicación a asuntos tan variopintos como la familia, la gastronomía, la filatelia, la música, el teatro, la micología, los viajes, los animales de compañía, la lectura, la escritura, las redes sociales, los grupos de amigos, no han conseguido llenar el tremendo vacío que me ha supuesto abandonar el mundo laboral.




Yo no sé, o sí, si el que suscribió el artículo tiene un ápice de empatía, aunque me temo lo peor.

¡Alma de cántaro! ¿Cómo se te va a deteriorar el asunto del magín por dejar de trabajar?

¡ Atontao !

Si notas que se te va la pinza, es que ya venías mal de serie, no por el hecho de jubilarte anticipadamente; yo tenía el asunto neuronal deteriorado cuando trabajaba y ahora, gracias a dios y a no trabajar, lo estoy recuperando poco a poco.

Bendita jubilación, y si es anticipada, todavía más.




lunes, 28 de octubre de 2019

Una de ratas


 

Hemeroteca | 2000 | Contabilizan más de 300.000 ratas en el subsuelo de Santiago


A mí, este asunto de contabilizar cosas siempre me ha llamado mucho la atención, especialmente según que métodos se utilicen y lo que se trate de medir.

Ya había comentado hace algún tiempo en este blog una noticia sobre alguien que hipotéticamente se habría dedicado a contar el número de aves que sobrevolaban el aeropuerto de Lavacolla, como si fuera tan sencillo como contar casillas en el parchís cuando comes ficha.

Ciento sesenta cuervos, cuatrocientas tres gaviotas, mil seiscientos cincuenta y tres gorriones y dos murciélagos despistados:  dos mil doscientos dieciocho pájaros hoy, jefe.





Un crack, el tío que está apuntando en una libreta todo eso que va pasando por encima de la torre de control.

Pues bien, en este caso, y también en Santiago, no se trata de aves sino de ratas.

Algún "ingeniero", ha contabilizado más de 300.000 ratas okupas debajo del Apóstol Santo.

Yo tengo para mí que las ratas no son fáciles de contar, entre otras cosas porque se mueven mucho y son todas bastante parecidas. 

No es como los manifestantes independentistas, que tú vas calculando por metro cuadrado los que puede haber y llegas a una conclusión, más o menos aproximada según la superficie que ocupen, aunque los independentistas no tengan que ver con las ratas, o sí.





El tema de las ratas es más complejo, entre otras cosas, porque no se ven; o si se ven, ves cuatro, las otras están escondidas.

La rata es un bicho sin estudios ni nada que se le parezca, que crece dentro de una organización, más o menos organizada, valga la "rebuznancia", que lo eleva hasta su máximo nivel de incompetencia, según el "principio de Peter" que postula que las personas que hacen bien su trabajo son promovidas a puestos de mayor responsabilidad hasta alcanzar un puesto en el que son totalmente incompetentes.

Pero bueno, se me fue la olla y, hablando de ratas, se me vino a la cabeza el perfil de algunos políticos que nos representan. 

Aquellos que tengan estudios y se hubieran aplicado en ellos, o quienes hubiesen trabajado en algo y cotizado convenientemente, que no se den por aludidos; para los demás, si los hubiere, quizás pudiera ser de aplicación la metáfora de las ratas y del principio de Peter.





Y volviendo al tema de los recuentos, ¿alguien me puede explicar como coño se cuentan ratas?.

Tal vez tendría que preguntarles a expertos en la materia tal como un individuo, jubilado, con quien tras haber entablado una conversación sobre nuestras respectivas profesiones, me comentó que su trabajo había consistido en estar cuarenta años bajo tierra en las cloacas de Nueva York, repartiendo patadas a las ratas para apartarlas a su paso.





Curiosamente, parecía que se hubiera mimetizado con ellas ya que su rostro y manos guardaban un razonable parecido con los de una rata.

Este tipo, sí que ha contado ratas y más ratas, lástima que no las hubiera contabilizado, aunque tampoco le pagaban por eso.

No veo yo a un paisano, al igual que pasaba con los pájaros, sentado en una cloaca y poniendo rayitas en una libretita por cada roedor que se le pase por delante para, al final de la jornada, ir al Pazo de Raxoi a dar las novedades del número de ratas censadas.

Pues bien, volviendo al titular, iré a preguntarle al Concello de Santiago quién es el encargado de contar las ratas a ver si tiene a bien explicarme el método que utiliza y así satisfacer mi curiosidad por este asunto.

Aunque, al final, da igual; ¿a quién le va a importar una rata arriba, una rata abajo?.




sábado, 7 de septiembre de 2019

buzos en el Obradoiro



Buceadores en plena plaza del        Obradoiro



Que Santiago es la capital de la lluvia por antonomasia no se le escapa a nadie; es más, se ha acuñado la conocida expresión de "donde la lluvia es arte".

No entiendo muy bien lo que tiene de arte el hecho de empaparte como una medusa, para ir a cualquier sitio, pero vamos a dejarlo ahí.






Por otra parte, también es conocida la leyenda de que Noé salió escopetado de allí para refugiarse en Noia, cuyo topónimo podría atribuirse a la presencia del personaje bíblico en aquellas latitudes, según historiadores.

Lo que ya me parece excesivo es que un titular de prensa nos hable de "buceadores en la plaza del Obradoiro".

Vamos a ver, los concellos en general, y el de Santiago en particular, tienen por lamentable y habitual norma el tener abandonados los extrarradios y algunos barrios de sus ciudades, aunque sus moradores paguen los mismos impuestos que los habitantes del centro, a quienes dedican especiales mimos.

La plaza del Obradoiro, en Santiago, no iba a ser una excepción y me consta, que en su solado no existen charcos con suficiente profundidad como para justificar la presencia de buceadores en el entorno; aunque finalmente, pasando de la lectura del titular a la del artículo en sí, desvelamos que se trata de buceadores peregrinos que han alcanzado el final del Camino y que han escogido para su peregrinación el medio que más dominan, es decir, el fondo del mar. 

A mí, del fondo del mar, lo único que me gusta son los rodaballos a la plancha, pero he de reconocer que debe ser más cómodo y fresquito hacer el camino por el fondo marino que por esos caminos de dios, con lo que pega el sol en agosto, por lo que apruebo la iniciativa de estos singulares peregrinos.






Y hablando de buceadores, y buceadoras para ser políticamente correcto y gramaticalmente incorrecto, me viene al recuerdo el término de hombres-rana, que viene a ser sinónimo de estos. Me pregunto yo, ¿habrá que denominar a las buceadoras como mujeres-rana?.

Aquí nos estaríamos metiendo en un tema delicado, ya que la terminología popular, viene a calificar como mujer-rana a una señora un tanto casquivana, valga la expresión literaria y eufemística de la infidelidad matrimonial femenina que adorna con protuberancias la frente de su esposo, habitualmente a sus espaldas y sin su conocimiento ni consentimiento; si bien, dado el creciente deterioro lingüístico al que estamos siendo sometidos, quienes digan mujeres-rana,  probablemente ignorarán términos como casquivana, eufemístico y protuberancias, con lo cual, utilizarán el vocablo sin recato y sin descartar que alguna de ellas posiblemente también sea mujer-rana sin recato y sin saber que se denomina así por sus devaneos extramatrimoniales.






Y, siguiendo con el tema de los buzos, ranas y demás, acabo de leer una noticia en la que nos informan acerca de un percebeiro de Baiona, a quien detuvieron por furtivo, se presentó ante la jueza de guardia de Vigo ataviado con su traje de faena, es decir, con el traje de neopreno. 

Es de esperar que no siente precedentes el hecho de presentarse en los juzgados en traje de faena, porque no quiero imaginarme que detengan a Nacho Vidal y se presente con su "traje de faena", en plena faena valga la expresión, ante la Jueza de guardia.

Me surgen dudas sobre si el tamaño del traje constituiría atenuante o agravante para la sentencia de Su Señoría, aunque el tamaño, según dicen, no importa.



sábado, 31 de agosto de 2019

cita para quedar ciego





Le dan una consulta preferente de oftalmología en urgencias y la citan para marzo del año 2021




Esto del SERGAS mejora, de largo, a cualquier sketch o parodia de los Hermanos Marx o Cantinflas, y daría para un simpático monólogo si no fuera tan patético.





Resulta que a un cristiano, que llevará años pagando religiosamente sus cuotas a la Seguridad Social,  y que tiene un ojo como el de un besugo (por algo le llamamos "ollo mol" al besugo en Galicia) le dan, llenos de generosidad y eficiencia, cita para el año 2021, momento en el que le mirarán lo que le quede del ojo -si es que le queda algo para entonces- aunque en dos años, me temo que no le quedará ni la órbita.






Esto es una tomadura de pelo del quince.

Hagan el favor de cerrar el chiringuito que, al cambio, viene a ser lo mismo que tenerlo abierto en estas condiciones, y así no se siente nadie mancillado ni ofendido.

Yo me pregunto si alguna de sus señorías, si se llaman así los individuos,o individuas o individues, de los que depende todo este tinglado; digo que si alguna de sus señorías tiene un ojo a punto de caerse al suelo, va a ser capaz de permanecer aguantándolo con una mano en su escaño durante dos años, mirando por el otro que le queda sano.

Aunque, verdaderamente, para lo que hay que ver en algunos hemiciclos, da igual ser tuerto que conservar la vista perfecta. Lo único que se requiere allí, para muchos de ellos, es ser, o hacerse, el sordo, saber aplaudir y abuchear, y estar atento para apretar el botón y votar cuando toque y para lo que toque, según mande el jefe, y sin equivocarse de botón, que a alguno ya le ha pasado y aparte de ser bochornoso, sobre todo, es trascendente.





Mis mejores deseos, compasión y solidaridad, para con el paciente que inicia su travesía de dos años de espera para la consulta con el ojo averiado y macerando; y a quien deseo fervientemente que Dios le conserve el ojo, que como espere por la Seguridad Social, me temo lo peor.

domingo, 12 de mayo de 2019

El tobogán de Estepona

El tobogán de Estepona, cerrado tras dejar varios heridos: «Me tiré y volé dos metros»

La puesta en servicio del tobogán en Estepona no ha tenido los resultados esperados









Aunque nada tenga que ver, simplemente por asociación fonética, el "tobogán de Estepona"  me ha hecho recordar al célebre "cipote de Archidona" de Camilo José Cela. 

Escatologías aparte, esto del tobogán tiene tintes tan disparatados como la obscena licencia literaria de nuestro insigne Premio Nobel.

Para quien no conozca la noticia, resulta que en la localidad de Estepona, que lamentablemente no tengo el gusto de conocer, existen ciertos desniveles que hacen asaz complicado el tránsito entre algunas de sus calles; con tal motivo es menester establecer algún tipo de conexión entre ellas que supere en accesibilidad a una simple maroma por la que puedan trepar los ciudadanos, en condiciones de hacerlo, para alcanzar la calle superior o deslizarse hacia la inferior.






Pues bien, puestos al tajo al alimón los correspondientes ediles, auxiliados por los pertinentes ingenieros de turno, han llegado a la brillante idea de diseñar un tobogán para salvar uno de los desniveles entre dos de sus calles de forma que, sus ciudadanos pudieran pasar de una a otra de forma rápida, cómoda y segura.

La idea, en principio, no está mal pergeñada si bien, en su implementación solamente han atinado en lo de rápida, ya que en cuanto a lo de cómoda y segura parece que no ha sido la mejor de las soluciones.

El tobogán, para hacerse una idea, tiene una longitud y altura como para salvar las cataratas del Niágara.






Hay que ser legionario o autónomo para tener el valor de tirarse por él.

No obstante, la población de Estepona, cuya idiosincrasia desconozco, le ha echado lo que hay que echarle al asunto y, por aquello de la novedad y la necesidad, se ha dispuesto a probar el diabólico invento. 

Conclusión:  según se iban lanzando, unos salían despedidos por los laterales, otros, peor que mejor, conseguían alcanzar el final con magulladuras, arañazos y contusiones diversas.

No quisiera ver a los jubilados saliendo de sus Centros de Día, bajando -bueno, bajando es un decir- por el artilugio y rompiéndose las caderas por siete sitios.

De todos modos, no pueden quejarse; sería peor que hubieran instalado una tirolina.






Yo respeto mucho a los políticos y, sobre todo, a los ingenieros, pero me gustaría saber si ambos han probado el juguete antes de que los ciudadanos comenzaran a esnafrarse y colapsar el servicio de urgencias.

Por cierto, ¿habrán reparado también en cómo hay que hacer para subir por él, cuando de lo que se trate sea ir de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo?